domingo, 8 de mayo de 2016

Conversando a solas con mamá





                                                                     Pintura de Antonio Guansé 



No nos equivocamos

tú siempre lo supiste

aun equivocadas   no nos equivocamos


Al tumbarnos en la cama:

Darío   Guillén    Huidobro

La princesa

La culebra

La golondrina monotémpora


no nos equivocamos Theomar

tú lo sabes

polvos faciales trasparentes

Vallejo a los 13 años

la certeza de tenerte siempre


La mujer se descubre sólo ante sí misma

los psiquiatras se rascaban la cabeza con nuestros 
                                                                            fantasmas

nos burlamos de tu ex marido

de mi papá

de tus cincuenta años


Nos escapamos del pueblo y viajamos de nuevo a Madrid

te llevé a Florencia en mis textos


llamaste a mis tíos para contarles


No te equivocaste Theomar

fuiste reina

papá no se halla sin ti 

tu casa está sintiéndote

no te reprocho nada

no puedo reprocharte nada

la ruta que escogiste te entregó la vida





Ximena Benítez. De Costuras de Familia, 2010.














domingo, 17 de abril de 2016

No es real este recuento




Mi tiempo pasó de la calma atenta por los libros
a la inmediatez de la lectura en web
me volqué al chat
construí un tiempo
infatigable
cuando ya no existías

Algo de tu mano y tu sombra
                               me dejaste
hace poco me enteré
de la muerte de tu mamá
y me dieron extrañeza / las definiciones
no he tenido podido procesarlas
entre tantos compromisos en los que me aturdo
He estado un (tanto/muy) perdida de mi
por eso tanta sombra y hastío
toda esta soledad desterrada

El caluroso albedrío de la hora precisa
el silencio
y un acomodarme a la incertidumbre
una vez más

No es real este recuento
de gasas y cipreses
misteriosos sueños
que me persiguen por doquier
                              no son reales
los pelo / los castigo
los espanto
los mato pero vuelven     
                allí
Aquí
           allí
Puro sol
purísima gota de fruta
el ahogo que me signa
¿en qué agigantada luz
me perdí?
¿dime mi sombra?


a Maory Bracamonte, pensando en su tío

Ximena Benítez 15/4/2016

martes, 5 de abril de 2016

Esta manía de coleccionar espejos



Fotografía: Chema Madoz



esta manía de coleccionar espejos
de deleitarme ante sus variadas formas
de guardarlos bien pulidos uno a uno en sus estuches

dolorosa traición del que sin dientes
se mira a media luz
en espejos rotos
fraccionada sangra la intriga
por la raja apacible y eficaz del azogue

manos temblorosas tuercen tan deplorable sustento
manos tiemblan por el odio que

guía la envidia


Ximena Benítez 
de Temporales en Extramuros, en Zona Ubicua
Fondo Editorial Ipasme, Caracas 2007.

domingo, 20 de marzo de 2016

Zurcido invisible

   





   Zurcido invisible


Para recomponer los tejidos
se debe saber
de qué tiempo es cada hebra
paciencia y fuerza
para unir los delicados hilos

Si falta mucha tela
habrá que sustituir
entonces
se buscan hilos parecidos
colores similares
si lo que falta es tan grande
como si pareciera que no podrían haber puentes jamás
que es tan honda y definitiva la laguna portentosa
habrá que respirar  y seguir
mirar la sonrisa de la niña y seguir
así resolverás puntada a puntada lo vital
sin prisas
ni tanto vértigo ante los abismos

Nada -o casi nada- volverá al armario
todo se verá fresco
como las recién cortadas flores
que se asoman del delicado cristal
sobre el mantel bordado de la bisabuela
sobre la olorosa rosa de los días con su sol
  




(Ximena Benítez, de Costuras de Familia, Caracas, 2010)

domingo, 7 de febrero de 2016

Sobre Rubén Darío



Rubén Darío

(Metapa, hoy Ciudad Darío, Matagalpa18 de enero de 1867- León, 6 de febrero de 1916)


Los poemas de Rubén Darío los conocí antes de saber hablar, me los leía Theomar Vargas, mi mamá; luego de darme el tetero antes de dormir la siesta, (alternaba los poemas de Darío, con  los de Nicolás Guillén y Vicente Huidobro). A los seis años más o menos me sabía la "Sonatina" y recordaba fragmentos de la "Marcha Triunfal". A los diez años me leyó "A Roosevelt" y  el poema "Filosofía", a los doce años cuando me descubrió a César Vallejo, me mostró el libro "La Dramática Vida de Rubén Darío" y juntas leímos el "Responso para un poeta descuartizado" del Gran Cocodrilo, el poeta mexicano Efraín Huerta. Así la comprensión de la musicalidad, del ritmo en mis poemas se los debo esencialmente a Darío y a Guillén. 

Hoy a 100 años de la muerte física de Rubén Darío escribo estas palabras para dejar constancia de mi cercanía con su obra poética, esta nota afectiva y autobiográfica para el poeta que escribía a los niños siendo adulto y que empezó a escribir poesía desde muy niño, al monstruo Darío, al genio nicaragüense, al solitario sensible, al tan cercano amigo leído por mis abuelos, dado a ellos por los dictadores más temibles, y  dicho de los labios de una niña que paseaba por las fiestas del palacio para ir a dormir después de "ver la fiesta" (era mamá de cuatro años de la mano de Somoza). Ella que recitaba "Margarita" y que al crecer y tener a su hija también alimentó con poesía. 

La obra de Darío no sólo está en la estatua de la plaza que lleva su nombre, su palabra une generaciones y "suavizó" por así decirlo mi comprensión de la política, de los afectos y las diferencias, de las épocas y las contradicciones humanas. ¡Viva la poesía de Rubén Darío leída por los pueblos Nuestroamericanos, por todas las niñas y niños, por las fieras y pichones de poeta! 


Ximena Benítez
Caracas, 6 de febrero de 2016





Ofrenda floral en plaza Rubén Darío en Managua, (el tercero de derecha a izquierda) 
el Teniente Coronel Julio César Vargas embajador de Venezuela en Nicaragua, mi abuelo materno, año 1951


Acá les dejo uno de los mejores poemas escritos en nuestro idioma para Rubén Darío, del poeta mexicano Efraín Huerta en el año 1967, centenario del nacimiento de Darío


Responso por un poeta descuartizado


Claro está que murió —como deben morir los poetas,
    maldiciendo, blasfemando, mentando madres,
viendo apariciones, cobijado por las pesadillas.
Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas
    habitaciones donde perros, orgías, vino griego, prostitutas
    francesas, donceles y príncipes se rinden
y le besan los benditos pies;
porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad
y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de alcohol
    bebidos a pleno pulmón,
así deben beber los poetas: Hasta lo infinito, hasta la negra
    noche y las agrias albas
y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo
    a que te obligan,
la crónica que nunca hubieras querido escribir
y los poemas rubíes, los poemas diamantes,
    los poemas huesolabrado, los poemas
floridos, los poemas toros, los poemas posesión, los poemas
    rubenes, los poemas daríos, los poemas madres,
    los poemas padres, tus poemas...

Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió
    los cielos y tropezó mil y un infiernos
al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios
    trasegando absintio
(El chorro de agua de Verlaine estaba mudo), ante el azoro
    y la soberbia estupidez de los cónsules y los dictadores,
    la chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas
    municipales.
Maldiciendo, claro, porque en la agonía estaba en su derecho
    y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!,
dijo Rubén al niño triste que oyó su  testamento), ¿por qué
    no morir de alcholes de todo el mundo si todo el mundo es
    alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara
    de un lirio?
Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino
hecho de luces y tinieblas, pulido por el aire de los Andes,
    la neblina de los puertos, el ahogo de Nueva York,
    la palabra española, el duelo de Machado, Europa
    sin su pan.
Rugía impuramente como deben rugir todos los poetas
    que mueren (¡Qué horror, mi cuerpo
destrozado!) 

y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus —y nunca
    le hallaron nada sino dolor en la piel
limpios los riñones heroicos, limpio el hígado, limpio
    y soberbio el corazón
y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo,
    como un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como
    la mansión de los dioses, como el penacho de un
    emperador azteca, de un emperador inca, de un guerrero
    taíno;
cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo
    cuerpo, ay, de mieles y nardos
(su peso: mil ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta
   divino, anchura de navio),
el cerebro donde estallaron los veintiún cañonazos
    de la fortaleza de Acosasco
y que luego...

Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad
    de destrozarlo, enteramente destazarlo como a una fiera
    selvática, como al toro americano
porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho vida,
    muchísimo universo
necesariamente sus vísceras tenían que ser universales,
    polvo a los cuatro vientos, circunvoluciones repletas
    de piedad, henchidas de amor y de ternura.
Aquí el hígado y allá los riñones.
¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado, de garra
    en garra como un puñado de perlas.
Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue sacado
    a la luz antes del alba;
y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles
    y la policía dijo, chilló, bramó:
¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío —mil ochocientos
    cincuenta gramos—
 fue a dar a la cárcel

y fue el primer cerebro encarcelado, el primer cerebro entre
    rejas, el primer cerebro en una celda,
la primera rosa blanca encarcelada, el primer cisne degollado.

Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde,
    por esa agonía de pirámide arrasada,
el poeta que todo lo amó
cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave crucifijo,
    el Cristo de marfil que otro poeta agónico le regalara
    —Amado Nervo—
y me parece oír cómo los dientes le quemaban y de qué
    manera se mordía la lengua y la piel se le ponía violácea
nada más porque empezaba a morir,
nada más porque empezaba a santificarnos con su muerte y
    su delirio, sus blasfemias, sus maldiciones, su testamento,
y nada más porque su cerebro tuvo que andar de garra
    en mano y de mano en garra
hasta parecer el ala de un ángel,
la solar sonrisa de un efebo,
la sombra de recinto de todos los poetas vivos,
de todos los poetas agonizantes,
              de todos los poetas.




Efraín Huerta, 19 de enero de 1967





domingo, 27 de diciembre de 2015

Lunisolio cumple un año en Internet





La palabra Lunisolio viene de Luna, Sol y Soledad, fue el nombre de un performance que realicé en los talleres de escultura del Instituto de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón, hoy Unearte en Caracas, corría el año de 1999, esa obra fue el resultado de una solicitud que me hizo el maestro escultor Luis Marín, mi profesor. 

Desde entonces el nombre de Lunisolio me ha acompañado, mis direcciones de email llevan ese nombre y este mi blog, también. En algún momento contaré cómo se gestó ese performance que tengo registrado en diapositivas. Sólo adelantaré que había una escalera en la que estaba escrita la palabra Lunisolio y descendí a través de cada peldaño. El performance no fue una obra de celebración, nació del dolor y me ayudó a cimientarme, a reconstruirme, el arte es salvador por naturaleza, reconstituyente, tiene uno que aprender a vivir con él y por él, pero ese es otro tema.

Mi trabajo como poeta y editora de este blog no carece de accidentes, los del tiempo de la ciudad con responsabilidades como profesional y madre, además de que siempre me he sentido de otro tiempo, de uno en que pueda macerar los textos como pasas en licor, para luego orearlos y tener la oportunidad de escoger si merecen la pena ser publicados o no; sin embargo, siento que como todo va tan veloz  necesito un espacio expresivo para mostrar a una pequeña, cálida y necesaria audiencia los pensamientos y motivos que tal vez no quepan en ningún otro lugar, que no circulen en la revista de moda, ni sean del interés de diarios ni ostenten estar en  las páginas de revistas literarias. Construir así una suerte de vitrina para quien desee leer, no importa si se llega por accidente, por juego, por amor o antipatía, un espacio para decir lo que necesite expresar. Además algo que se va construyendo como complemento de mi obra poética, que da cuenta de cómo pienso, un ámbito que hable sobre mi proceso creativo, cosa que el lector-espectador pueda comprender algunas cosas, o enredarse más según le plazca, hacerse o hacerme nuevas preguntas. 

Confieso que siento que las gavetas pueden ser útiles, pero son también peligrosas, yo que en mi obra plástica trabajo el espacio y los contenedores, les tengo amor, las mantengo pero me dan mucho que pensar, cuando se muestran a quien no debe, pero sobretodo cuando luego de la muerte del artista son vaciadas, cuando son mimadas por familiares perecederos, cuando resultan inútiles y transitorias, por esa y otras razones hoy les cuento a ustedes desde acá lo que les digo, este es nuestro primer año, vendrán más días, nuevas Lunas y Soles para leer en Soledad.



Ximena Benítez

Caracas, 27 de diciembre de 2015


sábado, 26 de diciembre de 2015

Omar Ramírez, poeta de lo tangible.


                                                    Jazmín de la India


Gritos desaforados de emoción, ternura en la mirada, mucho alboroto: Omar Ramírez, estudió Lengua, Literatura y Latín en el Pedagógico de Caracas, allí conoció a mamá, había nacido en la ciudad de Maracaibo y acababa de llegar de Estocolmo con un amigo científico, un médico sueco llamado Ulf Lundberg. Omar había hecho un doctorado en Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid en la mención Filología Romántica y nos entregó en nuestra casa de Ocumare del Tuy varios poemarios de su autoría: Una sola memoria (1982) prologado por Ernestina Salcedo con ilustraciones de José Luis Aristiguieta, 37 del Invierno edición bilingüe y el tercer libro titulado Palabra & Silencio con prólogo de Domingo Miliani y fotografías de Ulf. 

Un día Omar me fue a buscar al colegio, con esmero revisaba mis cuadernos del quinto grado, y si descubría alguna falta de ortografía me colocaba planas, tareas de caligrafía para que mejorara la letra y nunca olvidara cómo debía escribirse. Adoraba cocinar con mamá, compartían secretos culinarios: jamón con piña, chutney de mango, escabeche de pescado, deliciosas tortas. Conversaban sobre cómo debía hablarse, a menudo sobre el español y sus expresiones, sobre lo coloquial, lo que debe y no decirse, sobre cosas ordinarias, sobre como conservar una verdura o una fruta, de las maneras de ciertos funcionarios públicos.

Omar era sencillo y complicado, andaba casi siempre en bluejeans y franela, era hiperquinético y sincero hasta la inconveniencia, muy alegre y cariñoso. Ulf era aplomado, tranquilo, analítico y observador, mezcla de razón e intuición, se nacionalizó venezolano y llamaba “ñemas” a los huevos de las gallinas que tenían en su parcela de San Francisco de Yare, “Las Moradas”, ese pedacito del mundo, mezcla de culturas con siembra de maíz, mangos, cítricos y oloroso jazmín de la India, allí no sólo habían gallinas con pollitos y gallos, habían gallinas cluecas que parecían unas señoronas con vestido negro y pinticas blancas, orgullosas y distinguidas gallinas, también patos, gansos y perros. Omar le tenía nombre a cada uno de sus animales y un día que yo fui de visita me regaló uno de los patos, me dijo: “Te regalo a Claudio” -no recuerdo si ese era precisamente su nombre- a lo que yo le respondí: “Pato a la naranja”, diciéndole que Claudio pasaría a mejor vida en un delicioso platillo, por lo tanto, no me dejó llevarme su animalito. A mí me encantaba bromear con Omar, me parecía súper divertido y él celebraba mi comportamiento.  En el mundo de las letras los poetas lo recordaban como “el loco Omar”, no porque no fuese poeta, sino porque le decía lo que pensaba a quien fuese en su cara, porque era auténtico y despreciaba las poses, el acartonamiento y lo distante de los cargos burocráticos.

Su obra se nutrió siempre del contacto con lo real, (nunca conocí a alguien más real), hablaba de sus “meditaciones con la escoba”, de sentir en las voces del mercado, en los colores de las frutas, de verduras, vegetales y animales, la vida y lo que está pasando, escuchaba Radio Nacional canal clásico, y tenía cálidos recuerdos de sus viajes: mantas de lana de llama, collares de arcilla mexicanos, estampas de Turquía.

Poeta de lo tangible, profesor por vocación, un ejemplo de que la vida y la obra deben ir de la mano, Omar Ramírez fue sin duda mi primer maestro poeta. Nunca hablaba de literatura, no conversaba sobre la poesía, construía lo poético, lo propiciaba, su mundo y su espíritu estaban plenos de ella, su determinación de alejarse de los círculos literarios, de la bulla, de las poses, calaron hondo en mí. Leer y construir el poema, dejar venir la poesía, plenarse de vida, hacer de la vida una obra y amar, vertiginosamente amar y compartir.


Ximena Benítez

Caracas, 26 de diciembre de 2015




Seis poemas de Omar Ramírez

De Una sola memoria (1982)



Mientras los trozos
de lenguaje disecado
ABOMBABAN
el ambiente
el sonido de las
SSSSSfinales
se
    extendía



***

Apenas
una
sombra de palabra
reposará
   al final
   de estos
   senderos
        en
   raíces


***


El gato Tobías
felizmente pensaba
que yo era
un verdadero animal.
Mientras
yo me convencía de
que ese gato
no era
un animal

***


Ven
antes
que
el tiempo
acabe


De Palabra & Silencio (1984)



VIII
Si hablamos de verdad
digo
que no la capto en palabra refinada;
ésa
abominable,
que por privilegio
es opresiva
y
se afila
al ir urdiendo los saqueos.
Esa palabra
que tienta
hasta el silencio remansado;
asediándolo
asolapadamente
lo azorta
y
 a veces lo aniquila.



***


En
nácar amanecido
tu cuerpo
y
mi cuerpo
de húmedos accidentes
y
la gota de rocío
trajo la isla
y
la historia
con forma de sudor.
Precisamos la sed.
Es así,
ahora la vivo
y
no es que la reviva cada día.
Insisto en el presente
y
el vago movimiento de tu cuerpo.