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Douglas Lamont, 1998. |
Douglas José Lamont Ramírez (Caracas, 3/12/1967-San Diego de los Altos 12/04/1999). Estudió Arte Puro mención Pintura en la Escuela de Artes Visuales "Cristóbal Rojas" durante los años 1990-1994, allí recibió clases de los maestros Roberto González, Andrés Guzmán, Antonieta Sosa y Pedro Terán, entre otros. En el año 1994 ingresó en el Instituto Superior de Artes Plásticas Armando Reverón en Caracas.
Desde joven Lamont investigó sobre diferentes religiones y filosofías, los Hare Krishna, los Devotos de Sai Baba, el hiduismo, llegando finalmente al budismo tibetano. Fue vegetariano durante buena parte de su vida. Era un amplio conocedor de la música de Nuestra América, tocaba flauta y quena. Tenía un fuerte vínculo con la naturaleza.
Era el menor de cuatro hermanas, fue amamantado por su madre -Julia Ramírez- hasta cumplidos los siete años de edad, tenía una nana, una cuidadora (ahijada de su mamá), una mujer muy sensible e intuitiva. Su madre lo amó como solo se puede amar al único varón y al más pequeño de sus hijos. Su padre trabajó en el Instituto Nacional de Obras Sanitarias de Venezuela, era un hombre de familia, hijo de madre y padre francés. Douglas recordaba la deliciosa sopa de cebolla realizada por su abuela paterna. Buena parte de los terrenos de Paracotos eran de la familia de su abuela, ella y su abuelo cultivaban el campo y ella renunció a esa herencia porque no quebrantaría su felicidad en esas tierras por discutir por dinero. Tiempo después pude apreciar una fusta de arreo que realizó su abuela, era una pieza bien trabajada, tenía cacha de hueso tallado engastada en metal con cuero finamente curado y trenzado, una joya hecha a mano. El señor Lamont era un gran conversador, con él se podía hablar sobre cualquier tema. Las hermanas de Douglas eran un mundo, cada una con su familia, con sus hijos y todos los sobrinos adoraban a su tío. El tiempo transcurría entre Caracas y Ocumare del Tuy de los años 90 del siglo XX, visitábamos museos, recitales de poesía, conciertos y galerías de arte, reuniones con artistas y poetas, construíamos nuestras obras en una vida común en función del mutuo descubrimiento del arte y la literatura.
El trabajo plástico de Douglas Lamont tendía a sugerir, a pensar, a suscitar sensaciones. No dejó registro de su trabajo, ni conservé obras suyas. Lamont utilizaba elementos naturales, toncos de madera, alambres, ganchos de ropa y realizaba con ellos instalaciones en las que importaba la disposición espacial y el juego de luces y sombras. Recuerdo una obra suya, era bidimensional de mediano formato (más o menos 80 x 1 metro) en la que intervino una madera con un trozo de papel al que le realizó transferencias que luego aplicó pastel y carboncillo, la madera estaba pacientemente laqueada y se podía apreciar una cierta profundidad. Siempre la conciencia del valor del vacío como posibilidad, lo sensorial, la investigación de materiales, el sugerir más que lo explícito o lo obvio, el misterio siempre. Así era él, sus palabras, su silencio, su sonrisa y profundad, lo cristalino de su voz y lo perenne, la plenitud.
Visité con él la escuela de arte desde los 17 años, me presentó a los artistas y comencé a comprender el lenguaje y el mundo de las artes plásticas, asistí como oyente a sus clases con Pedro Terán, visitábamos
museos, recitales de poesía, conciertos y galerías de arte, reuniones
con artistas y poetas, construíamos nuestras obras en una vida común en
función del mutuo descubrimiento del arte y la literatura.
Douglas siempre aupó mi trabajo con la poesía, disfrutaba la ironía de mis textos, fue un cómplice perfecto y comprendía la relación entre literatura y arte, realizamos performances, crecíamos juntos, poseía una gran sensibilidad, era inteligente y empático, con gran sentido del humor.
La última de obra de Douglas no llego a materializarse, me la contó unos días antes de su muerte en el año 1999, consistía en lanzar al cielo un globo con luces encendidas dentro, una obra acontecimiento que imagino hoy que llevaría palabras escritas y surcaría lo inmenso en mitad de la noche.
Ximena Benitez
Caracas, 13 de febrero de 2026
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Performance e instalación de Ximena Benitez con participación de Douglas Lamont
Entrega de una clase de Lenguaje Plástico de la maestra Antonieta Sosa en el Instituto Superior de Artes Plásticas Armando Reverón de Caracas, año 1995.





a Douglas
quiero golpear tu sangre contra mis pechos
y dibujarte una arañita triste
incandescente
salida de mi sien
como huracán en alas al destierro
quiero
robarte el paraíso en seco
oler tu musgo sin tocarte ni un centímetro
encontrarte petrificado
en la sonrisa del andamio adepto a mis labios
si no fuera por toda esta gente
si no fuese por todo este odioso milenario retorno
de los últimos segundos
te dibujaría tan vez
una arañita alegre
Poema escrito en 1996 y publicado en Temporales en Extramuros, Fondo Editorial IPASME, Caracas, 2007.
sintaxis de objetos
vibraciones
lo de afuera parece estar completo
pero es reflejo
de lo que pasa
en un continuo fuego
en perfilar de la distancia
Las edades y sus ilusiones
las lógicas y sus “verdades”
conduciendo a un recoveco desorientado
No se encuentran
se anima la naturaleza de lo ido y lo porvenir
es el enigma de la hoja enmohecida / naciente
la montaña quemada
todo reverdece
se va
Habrá
habrá y nada menos la muerte
porque el amor fue en ti prenda de luz
fuimos perfectos dioses
porque supimos cobijarnos en la tormenta
y aunque tu sueño terminara antes que el mío
teníamos el mismo / soñábamos el mismo
En un hueco del tiempo -pliegue temporal-
me hallé sin ustedes
ese día sentí terror
los oía conversar animados
los llamé a gritos
y no me escuchaban
(creí que yo no existía)
en realidad
supe que no estarían más conmigo
hasta que vinieron
a abrazarme




